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El poder del silencio

Si hay algo que se trabaja bastante en el coaching es el tema “silencios”.

Cuando empezás la cursada  y comenzás a adentrarte en este maravilloso mundo,  una de las tendencias (al menos en mi caso, aunque creo que a muchos les pasa algo similar) es aprender a descubrir  la mejor forma de decir las cosas, las palabras correctas, las preguntas poderosas, qué decir y qué no decir…

Personalmente soy de las que buscaba “hacer” todo el tiempo. Hacer, hacer, hacer…

En general me pasaba (y por momentos me sigue pasando) sentir que “no hice lo suficiente” o que “podría haber dado un poco más”, que lo que hice “podría mejorarlo”, o que si lo hice así, podría haberlo hecho asá.  Estoy en el camino constante de la capacitación, indagando, leyendo, cursando.  En fin, ocupada siempre en tratar de tener las herramientas necesarias al momento de acompañar a alumnos o clientes. Porque “no me perdonaría” quedarme sin palabras o sin saber qué decir frente alguna situación que requiera una respuesta de mi parte. Soy de las que se identificaban con el ser “autoexigente” como una gran virtud. Como alguien que está en constante movimiento para mejorar y superarse día a día

Y así fue como esa clase de “Exigencia/Excelencia” vino a tocar mi puerta mental y me dio un giro completamente nuevo. Descubrí que la autoexigencia era un tema que requería atención de mi parte: replantear, reformular, resignificar.  Entendí el por qué de mis frustraciones  cuando lograba algo, esa sensación de insatisfacción o de “incompletud”, cuando en realidad tenía que estar plena y feliz. ¿Por qué no puedo disfrutar si me recibí? ¿Por qué no estoy feliz y saltando en una pata si logré eso que tanto quería y por lo que tanto trabajé? ¿Qué me pasa que no puedo disfrutar este logro tan grande que tendría que festejar con bombos y platillos?…

Y vos dirás: ¿esto qué tiene que ver con los silencios?

Tranqui, ya vamos a llegar a ese punto.

Como te decía, una de las clases clave en mi formación (fueron muchas pero ahora hago foco en esta) fue descubrir la excelencia en contraposición a la exigencia.

La excelencia busca la mejora, abre posibilidades y toma el error como parte importante del aprendizaje (otro gran tema que ya abordaré). Invita a valorar el ser por sí mismo y no por el “hacer”…

Y ahí empecé a sentir cierto alivio; todo esto me hacía sentido por completo y me generaba una mayor conexión con lo que yo realmente quería lograr. No por el “mucho hacer” voy a sentirme valorada. No siempre es necesario tener la palabra justa o la pregunta correcta. A veces las pausas, los silencios, el detenerse a ver para luego continuar, ese “break para respirar, pensar y ver para donde seguir”  fue un aporte muy valioso en mi formación.

Descubrir la importancia y el poder de los silencios, es algo que estoy construyendo día a día en mi ser coach y en mi ser persona en general.  Dejar de tenerle miedo o sentir incomodidad frente al vacío que genera un silencio en una charla, poder respetarlo y abrazarlo, hacerme amiga de esas pausas me ha llevado a tener más momentos de reflexión. Me permite ser “menos arrebatada” o “pensar antes de hablar”. Obviamente es un proceso que estoy transitando ya que mi tendencia es  llenar esos silencios con algo para decir, aunque después me arrepiento y me digo “para qué dije eso?” y me río a mis adentros.

Y, ¿cómo descubrí ese “Poder de los silencios”?

Ahora te cuento.

Hace poco, durante el acompañamiento como staff en una formación de Coaching Ontológico, tuve la ocasión de vivenciar esta hipótesis cuando una alumna (hablándolo con sus compañeros también) me hizo saber lo importante que era mi presencia en las clases. Que valoraban mis miradas, gestos, acompañamiento, la corporalidad, mis silencios… en definitiva: que se sentían contenidos con mi presencia y lo valoraban mas de lo que yo me imaginé.

Y fue un click en mi cabeza. Porque contrariamente a lo que me estaba expresando esta alumna, yo sentía que “no hacía nada” en las clases. Incluso llegué a sentir que “podría hacer algo más”, podría buscar frases motivadoras, sugerirles contenidos que les aporten a la formación, mandarles mas mensajes para “estar presente”… y un montón de juicios propios que me hacían dudar de mi capacidad de acompañar la cursada o sentirme frustrada por no haber hecho lo suficiente. Y resulta que fueron mis silencios y mi poco hablar, los que generaron ese clima acogedor para ellos, ese espacio co-creado entre mi estar observando y su estar siendo alumnos.

¡¡Claro que no significa que me la pasé en silencio mirando cual psicópata al acecho jajaja!! Desde mi juicio creía que no les comunicaba lo suficiente porque no les hablaba con mayor frecuencia o nos les hacía aportes gráficos o bibliográficos de valor, etc.

Y fue así como aprendí el valor y el poder de los silencios.

Gracias por llegar hasta acá.

Si te interesa, la próxima te cuento la historia sobre mi relación con los errores.

Autora:

Luján Lucero

Coach ontológico recibida en Axon Training

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5 comentarios


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